
Hay veces que no queremos ver.
Aquello que es evidente, la verdad que se esconde y pide a gritos ser encontrada por quien no quiere hallar la respuesta.
Podemos crear los muros más altos, los más fuertes y sobre todo los más opacos para ocultarnos del mundo.
Los mundos encarcelados.
Son mundos al fin y al cabo. Mundos tan pequeños, que dan claustrofobia. Tan individuales que hasta uno mismo se presenta como un invitado.Tan fríos que cualquier atisbo de calor queda tapiado al otro lado.
Al final se abre una grieta, el tiempo no pasa en valde para nada ni nadie. Se agrieta nuestro mundo fortificado y cerramos los ojos. No queremos ver.
Pero la luz es evidente, aun con los ojos cerrados. La noche es más fría, con el calor entrando silencioso. Ya nadie está a salvo.
Nadie eres tu y esos ojos inquietos.
Nadie está esperando a que quieras ver, como todo ha cambiado.
Miras por ese pequeño agujero, y entra de golpe la verdad. Como una bomba de relojería instalada en tu corazón, marchitando todo lo que antes florecía en los jardines de la ignorancia.
Tu imperio destrozado, y tú con los ojos bien abiertos, queriendo ser incapaz de inmutarte pero...
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